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Me arrulló la tierra

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Imaginé que esto que crecía como llama dentro de mí, me empujaba a correr, y como no había espacio para hacerlo, cerré mis ojos, apelé a la imaginación, y corrí como nunca lo había hecho, y sin darme cuenta me encontraba en tierra húmeda de tanta lluvia, podía sentirla con mis pies descalzos, no me importaba resbalar, solo continuar con velocidad,  no sabía de qué huía, pero la sensación era de persecución, mi corazón latía como si de correr dependiera mi vida, y era lo único que podía hacer.

Mientras continuaba, buscaba un camino, quería prácticamente que se me revelara una señal, porque dentro de mí, solo había miedo, y quería escapar, podía imaginar en mi pecho un hueco, mientras por mi cara rodaban lágrimas y gotas de lluvia. Pero no encontraba nada, el camino hacia cualquier lado parecía ser igual y llevarme al mismo sitio, en ese momento no pensaba, si en ese momento hubiese tenido palabras, seguramente habría dicho “no puede ser, ¿cómo me libro de esto?”.

Seguía corriendo, simplemente no podía parar, era algo ya automático, como la cadena de una bicicleta aún si dejas de pedalear, comencé a sentir dentro de mí una pesadez, y una voz interna que me decía, debes parar. Su volumen era muy bajo, y poco a poco identificaba una disputa dentro de mí, por un lado, mi cuerpo, automático, en modo supervivencia diciéndome: “continúa” y una voz, muy poco reconocida en mí, a la que no le tenía confianza, que me decía: “para”. Mientras esto robaba mi atención, sentí dolor en mis pies, había tropezado con ramas, y vi rasgadas mis piernas, en ellas había sangre, pero no identificaba dolor, mis piernas ardían, y en cada punto de ellas la sensación era igual, sin embargo, en mi pecho sentía una especie de adormecimiento, al reconocer eso comenzó a faltarme el aire, pensé que me iba a desmayar, pero hasta ese momento fue que pude parar, al detenerme caí de rodillas, y doblé mi cuerpo completo al suelo, como si me dejara sembrar, solo para darme cuenta de que poco a poco me diluía en el lodo, y de la tierra salían raíces para cubrirme, el suelo me acunaba, y se sentía tan bien que no puse resistencia. Algo dentro de mi palpitaba aún, aun con más fuerza, si hubiese tenido palabras en ese momento habría dicho “está bien, déjate mecer”.


Pronto me convertí en tierra, y era parte de todo lo que me rodeaba, y todo se movía junto conmigo, siendo tan amplia me permití explorar, y los árboles me sirvieron de manos para acariciar el aire, para recibir el agua que llenaba mi hueco como si se tratara de un lago, las raíces se sentían tan firmes, que no pude sino dejarme reposar, y apretaba y aflojaba como cuando de niña jugaba con barro. Me permití jugar, y me arrullé a mí misma, hasta que decidí que así quería continuar, que quizá mi cuerpo era muy pequeño para la cantidad de experiencias que continuaban sucediendo, por eso, por lo tentador de estas sensaciones y la sensación de compañía que me embargaba, esta nueva forma de estar, decidí rendirme, y aceptar abrazar el cambio, entregar a la tierra esa parte de mí que se resistía, que solo me exigía continuar de la única forma que sabía, como cuando muere el cuerpo, le di su sagrado espacio, y me despedí de ella, agradeciéndole ser parte del circulo de mi vida, le regalaba una nueva forma, y me regalaba la oportunidad de reconocerme como parte de todo, sujetada, acunada, conectada. Solo hasta ese momento pude volver a mí, reconocer que aún tengo ojos y que podía abrirlos. 


Aquí estoy, abrí los ojos y volví a mirar.


Imagen de Santiago Savi "Madre tierra y el árbol de colorín"

 

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Para citar

Alejandra del Valle Pérez Egresada de Psicología, “Me arrulló la tierra,” Catálogo de Obras Artísticas, revisado 1 de junio de 2020, https://catalogodeobras.javeriana.edu.co/catalogodeobras/items/show/428.

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Imagen de fondo ORO, autor Iván Rickemann.